No nacer.

¡Hola, chicos!

Hoy os traigo algo un poco distinto a lo que habéis visto hasta ahora; algo que era necesario incluir en mi blog: un relato inédito. No suelo escribir relatos; algo dentro de mí me obliga a no dejar las pequeñas historias a mitad (y claro, así voy, novela tras novela…), así que tengo que aprovechar las veces que sí que escribo para enseñároslo. Es lo mínimo, ¿no?

Y bueno, os preguntaréis a qué viene este relato. La historia de detrás es sencilla: hace un par de meses me apunté a un “duelo literario” en el que me “retaron” a escribir una historia de mínimo 500 palabras (sin máximo) narrada por un bebé. Y mi cabeza no lo dudó un instante: Let the drama begin. 😈

No es el relato del que más orgullosa me siento y soy consciente de que me queda mucho por mejorar. ¡Aceptaré cualquier crítica con mucho gusto! Otra cosa que también me gustaría es que comentarais qué os ha parecido, bien aquí o bien por redes sociales. Me puede la curiosidad. ❤️

Y sin más preámbulos… ¡dentro texto!


No nacer

Beatriz Esteban

Beatriz Esteban

Al principio me llamé «tesoro» .

De tanto oírlo, no me costó creer que lo era; una pequeña alma convertida en un tesoro a los ojos de quienes serían sus padres. Ahora eran sólo él y ella. Todavía quedaban meses para que fuéramos «nosotros».

Y aun así, aunque no me vieran, aunque todavía no me sintieran ni me oyeran, no dejaron de quererme.

No sabían todavía que sería niña, no sabían el color de mis ojos —verdes, como los de él— ni que heredaría unos graciosos rizos de color avellana, como los de ella. Pero yo ya podía verme; podía conocer todo lo que guardaban mis genes: sabía que sería intolerante a la lactosa, como él, que tendría facilidad para los idiomas, como ella.

Y sabía un par de cosas que el ADN no marcaba, como cuál sería mi flor favorita. Supe que los nenúfares desde el día en que me llevaron al lago. Se sentaron junto a la orilla y ella dejó caer la cabeza sobre el hombro de él; hablaron de mí entre caricias.

—Beatriz, como mi abuela —dijo ella—. O quizás Ainara. Alba. Alicia. Un nombre que empiece por A. Tiene cara de Ainara, ¿no crees?

Él rió.

—Ni siquiera tiene cara aún, cielo. Y puede que sea niño.

Ella negó con la cabeza y se acarició el abdomen. Lejos, donde fuera que estuviera, sentí su caricia.

—Estoy segura de que es niña.

Mi madre siempre tuvo razón.

Cuando él no miraba, ella bajó la mirada hacia mí. Hacia su barriga, dirían los demás. Pero yo sé que me veía.

—Mi tesoro —susurró, como si supiera que sólo yo podía escucharla.

Puede que luego me llamaran Ainara, pero siempre me sentí su tesoro. Solía hablarme cuando creía que nadie la oía; conmigo nunca se sintió sola. Me hablaba de todo lo que temía, lo que soñaba, lo que esperaba. Del color de mi futura habitación y de la enfermedad de mis abuelos. Hablaba de viajar lejos, de comprar peluches, del antojo de chocolate que tenía, del miedo a que algo saliera mal. Hablaba pensando que no podía entenderla, que por una vez alguien la escuchaba sin decirle lo que debía hacer, cómo debía actuar, lo que pensaba de ella. Me abría su corazón sin elegir las palabras, sin guardarse nada… Hablar conmigo la hacía libre.

¿Has mirado alguna vez a los ojos de un recién nacido? Mi madre lo hacía mucho, cuando trabajaba en el hospital. Le gustaba mirar a los pequeños desde detrás de la vitrina y soñar con el hijo que parecía que no iba a llegar nunca. Las miradas de aquellos bebés son lejanas, sabias, antiguas. Están cargadas de todas las palabras que sus madres les contaron.

Aunque para mi madre ya era Ainara, a veces era «su rey». «Su tesoro». Otras «su niño», «su pequeño». A lo largo de los días podía llegar a ser mil cosas y, eso, en el fondo, fue lo que más  la asustaba. Cada vez que pensaba en mí me veía distinta, y le daba la sensación de que me iba  conociendo conforme yo crecía. Pero tenía miedo de que cuando naciera sujetara en sus brazos a un niño distinto a aquel que creía conocer. Al principio todo son posibilidades: niño o niña, feo o guapo, ojos castaños o azules. Y después nacería, y todo lo que ella querría que hubiera sido ya no será, porque ya soy.

Pero por encima de ese miedo, estaba el miedo a no llegar a conocerme.

Recuerdo el primer día que mi corazón comenzó a latir. Ellos no lo notaron, tan absortos como estaban en buscar la cuna perfecta. Me pregunté durante mucho tiempo si mi madre escucharía mis latidos igual que yo escuchaba los suyos.

—Cariño, creo que algo va mal —dijo una noche, cuando sus sábanas se tiñeron de color escarlata.

Mi madre siempre tuvo razón.

Todavía no sé qué hice mal. ¿No tuve suficientes ganas de vivir, no le puse suficiente empeño? Yo quería ser alguien, quería ver a mi madre, quería aprender a decirle que la quería. Quise arroparla cuando se dio cuenta de que mi corazón había dejado de latir. Quise decirles que no pasaba nada, que estaría bien, que cuidaría a mis hermanos desde aquí. Que no se rindieran todavía.

Y les vi marchitarse igual que lo hice yo. Les vi llorar cada noche, abrazarse, discutir, no querer volver a tocarse, darse besos salados, vender cunas. Y sentí cuánto amor sentían hacia aquel niño que no nació. Se preguntaban si hubiera llegado a ser médico, o abogada, o cocinera. Se preguntaban cómo hubiera sonado mi risa, y cada mes que pasaba se recordaban que yo debía estar allí, con ellos.

Pero sus brazos estaban vacíos y mi madre ya no me hablaba.

Yo sí lo hacía, cada día y cada noche. Me escondía en los recuerdos y en los momentos de calma. Le susurraba que todo iría bien, que nunca dejaría de quererla, que seguiría viviendo, de alguna manera.

No tenía que ser Ainara. No tenía que ser una futura científica o estrella del cine. No quería que mis padres lloraran por todas las cosas que nunca sería. Entre lágrima y lágrima olvidaron todo lo que ya había sido.

Fui, soy y seré su hija. Su tesoro.

Gracias a ellos fui.

Y con eso fue suficiente.

18 pensamientos en “No nacer.

  1. Ay Bea, me ha puesto el vello de punta. Me ha parecido precioso a la vez que triste, pero sin duda se nota que todas las palabras destilan cariño. Felicidades. <3

    1. Jo, muchas gracias. Mira que no creo que sea nada del otro mundo, pero con palabras como las tuyas me animas muchísimo ❤️

  2. Este es un buen ejemplo de que los relatos no son historias a la mitad 😉

    Una historia triste y bonita a la vez. Y que, al final, con lo que hay que quedarse en con las sensaciones obtenidas mientras era y no con los posibles futuros que sería.

    1. Me ha encantado esa última frase, Naialma; qué bonito te ha quedado y qué razón tienes. Gracias por leerlo☺️

  3. Jope, Bea, no sé lo que me esperaba pero desde luego no era acabar llorando. ¡Es precioso! ¡Y tan tan triste! Espero que sigas compartiendo con nosotros más de tus pequeños ‘tesoros’.

    1. ¡Ay, muchas gracias! ¡Me alegra mucho que te haya gustado! :’)
      Y sí, escribo pocos relatos pero ten por seguro que los que merezcan la pena los subiré por aquí. Gracias por tanto apoyo ❤️

  4. Espectacular, de verdad. Jamás he leído relatos plagados de tanto sentimiento y que me pongan la carne de gallina. El mundo necesita personas que amen lo que hacen, Bea. Mi más grata enhorabuena por la historia. 😊

    1. Muchísimas gracias, Joel; no sabes lo que tus palabras significan para mí ❤️

  5. Bea, me ha gustado mucho, creo que incluso iba a llorar, pero quizás le faltaba algo para llegar a ese punto. Aun así, me ha transmitido tantas emociones que eso acaba siendo lo de menos. Es la primera vez que leo algo tuyo, y me he quedado bastante sorprendida, mis expectativas eran distintas —en el buen sentido—. Espero poder seguir leyéndote. ¡Saludos!

    1. ¡Hola, Safae!
      El relato no estaba escrito con la intención de hacer llorar a nadie, así que no te preocupes jajaja. Bf, pues mira que me da un poco de cosa que sea lo primero que leas, porque no me siento muy segura de este relato. Pero me alegra mucho que te haya gustado 😊

  6. Ay, Bea, te prometo que hasta una lágrima se me ha escapado. Estos textos pueden conmigo, y éste en especial me ha transmitido muchísimo. Aunque dices que no es mucho, para mí está bellísimo. Felicidades, y espero seguir leyendo más <3

    1. ¡Muchísimas gracias, Karina! ❤️

  7. ¡Hola, Bea!
    Lo cierto es que este relato me ha puesto la carne de gallina… ¡muchísimas gracias por escribirlo y compartirlo! Es tan bonito y triste a la vez…; ha sido una maravilla, de verdad.
    Gracias, gracias, gracias.
    ¡Es tan precioso como todo lo que escribes y todo lo que eres!

    1. Dios, qué mensaje tan bonito. ❤️ Las gracias tengo que dártelas a ti, de verdad. No sería nada si no tuviera nadie para que me leyera.
      Un abrazo enorme, y gracias otra vez :’)

  8. Impresionante. Cómo cada palabra la cargas de sentimiento. He sentido “cosas” muy aleatorias mientras lo leía. Primero, ternura. Después, dolor. Y los pelos de punta. Me encanta cómo cuidas cada detalle. La delicadeza con la que eliges las palabras. Hacía mucho que no te leía, Bea. Espero poder leer más cosillas así pronto <3.

    1. ¡Marina! Pf, pues te prometo que este relato no está nada pensando; fue un dicho y hecho. Pero me alegra que te haya gustado. Significa mucho para mí. Gracias por tanto apoyo durante tanto tiempo ❤️

  9. Me has hecho llorar, literalmente. No me esperaba ese final, y eso que avisaste al principio con esa carilla de demonio… Por cierto, leyéndote me has hecho reflexionar. Creo que hay personas que nacen con el don de contar historias; que, simplemente, lo llevan dentro. Y creo que tú no solo tienes ese don, sino que además te esfuerzas, trabajas muy duro… Y espero que llegues muy alto. De veras, Bea, espero poder seguir leyéndote mucho, mucho tiempo.

    1. Dios, lo que acabas de escribir es precioso. ¿Te das cuenta de todo lo que significa para mí? Me acabas de hacer pararme y pensar, y agradecer, y querer -otra vez- abrazarte muy fuerte. Gracias, gracias, gracias ♡

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