Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!

Escena eliminada de Aunque llueva fuego: 18 inviernos y cristales rotos (¡sin spoilers!)

Hoy hace un año que se publicó Aunque llueva fuego, una novela de realismo mágico ambientada en la Francia de 1955 que habla del perdón y la resiliencia, del secreto de las rosas blancas y de la historia que Arielle se cuenta a sí misma.

Para celebrar todo el cariño que le habéis dado a lo largo de este año en cada presentación, con cada reseña y cada muestra de cariño, he decidido devolveros el favor compartiendo un trocito más de la novela. Se trata de una escena eliminada del primer borrador que no llegó a la versión final de la novela. En ella, además de jugar un poco con su telequinesia, Arielle es sorprendida por su abuela con un regalo muy especial para su decimoctavo cumpleaños. Un regalo del que Arielle quiere deshacerse desde un primer momento al darse cuenta de que el objeto acaba siendo ella también. Es un relato con tintes reinvidicativos en relación al papel que se esperaba de la mujer en aquella época. 

Para quien haya leído la novela, este fragmento era el capítulo previo al capítulo 60 en la novela, Elegir (pág. 392); y de hecho al final del relato se integran fragmentos que sí sobrevivieron y llegaron hasta el borrador final. El relato en sí no tiene spoilers (no te chafará nada de la historia, así que puedes leerlo sin haber leído la novela) más allá de lo que puedes descubrir leyendo los primeros capítulos

Me encantaría que me hicierais llegar vuestra opinión en el apartado de comentarios de abajo o a través de las redes sociales, ¡lo agradecería mucho!

Dicho esto, disfrutad de la lectura. 😊

18 inviernos y cristales rotos

Cuando levitaba en medio de esa habitación vacía, bajo la atenta mirada de Chardin, la potencia de la telequinesia era abrumadora. Sentía su tensión como un zumbido constante en mis oídos, rodeándome por todas partes. Pidiéndome a gritos que la soltara y la dejara escapar. La sentía en la córnea de mis ojos, en la raíz de mi pelo; sentía cómo vibraba a lo largo de toda mi columna vertebral y en la planta de mis pies. Estaba en todo mi cuerpo, bajo la piel, esperando el momento en el que pudiera librarse de mí.

Sabía que después de tanto tiempo Chardin también podía sentirlo. Sentía la molestia de aquella fuerza, pero no se sentía parte de ella. No la sentía viva en él de la forma que vivía en mí.

—¿Puedes hablarme, Arielle?

Podía, pero rompería el tira y afloja mental que aguantaba con la telequinesia.

Un pestañeo para decir que sí, dos para decir que no.

Pestañeé dos veces, muy rápido.

—¿Y podrías cerrar los ojos?

Volví a pestañear dos veces. No quería intentarlo. Si ya se hacía difícil así, perder de vista la distancia con el suelo y perderme en mi propia oscuridad podía acabar conmigo.

—Bien. Prueba a bajar.

Medita, concentra, investiga, conecta, mueve; eran los cinco pasos que se repetían en mi cabeza cada vez que jugaba con la telequinesia. O que ella jugaba conmigo.

Acabé en el suelo con las piernas cruzadas y dejé descansar los hombros, los brazos y las piernas; las sentía entumecidas y pesadas. Chardin se acercó a mí, me cogió por debajo del brazo y me ayudó a ponerme en pie de nuevo.

—Vamos al salón, quiero practicar otra vez el movimiento a distancia.

—¿A cuánta? —pregunté, aunque mi voz no fue más un jadeo.

—Cinco metros, quizás. Puede que seis.

Sentí que me faltaba el aire.

Chardin me dio una palmada en la espalda.

—Hoy será un día largo, Arielle. 

***

El primer consejo de Chardin fue que me sumergiera en el maravillo mundo de la meditación. Lo intenté, de verdad. Pasé un minuto quejándome internamente por mi incapacidad para centrarme en mi respiración, por la facilidad con la que me distraía. Cuando lo conseguí, frené porque me aburría. Porque no hacía más que ponerme nerviosa y eso, sin duda, no ayudaba a mi telequinesia.

Pero aquel sábado me vi obligada a pararme en la puerta de mi propia casa, en Arcueill, con la mano alargada hacia el picaporte, para despejar mi mente antes de volver a ver a mi abuela.

Iba a ser un día importante. En unas horas, Jem estaría pisando la misma alfombrilla que se encontraba bajo mis pies y mi abuela conocería a mi… pareja. Pareja. La palabra aún sonaba irreal, como si no se refiriera a nosotros, como si nos quedara demasiado pequeña y mundana.

Llamé al timbre y esperé a que mi abuela abriera la puerta con las manos enlazadas sobre el abdomen. Llevaba guantes finos de seda blanca y un vestido azul turquesa, y me había recogido el pelo en un moño que dejaba escapar unos cuantos tirabuzones cobrizos. Claire se había encargado de dejarme preciosa: tenía los labios pintados de color carmín y la raya del ojo acabada en curva. A mi abuela le encantaría.

Casi hacía honor a mis dieciochos años, pero el estúpido nerviosismo me hacía sentir como si tuviera quince.

Edith Larue abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, la más amplia que había visto desde mi marcha.

—¡Cariño! —dijo, antes de inclinarse hacia mí para abrazarme. Me quedé tiesa, pillada por sorpresa—. Mon Dieu, estás preciosa. Me gusta mucho cómo te queda este color.

—Gracias, abuela —titubeé, todavía extrañada ante su euforia.

Ella se hizo hacia un lado y extendió la mano al interior, también enfundada en un guante de tela.

—Pasa. Nuestro invitado está dentro. 

—¿Quién? —pregunté, a la espera de haberla escuchado mal. Apoyó la mano en mi espalda y me animó a pasar al salón.

Cuando llegué, un joven vestido de chaqueta se dio la vuelta. Estaba erguido en mitad del salón, como si le resultara demasiado incómodo estar a menos de un metro de cualquier objeto. Su rostro cambió del nerviosismo a la sorpresa en apenas un segundo, y pude notar cómo sus ojos se deslizaron de mi cabello a mis pies, con descaro.

A mi lado, mi abuela erguía la barbilla y sonreía como una estudiante recién graduada. Puso ambas manos sobre mis hombros.

—Arielle, te presento a monsieur Herriot —Dejó salir el aire que estaba conteniendo—. Thomas Herriot. Su familia está al mando de una gran fábrica de textiles: Herriot’s. ¿No te suena? 

La mano de mi abuela presionó mi espalda para que me adelantara un paso.

Thomas hizo lo mismo, algo cohibido.

—Encantado —dijo. Se atrevió a mirarme cuando me alargó la mano. Sus ojos eran casi tan oscuros como su pelo, que llevaba recogido hacia atrás después de haberlo bañado en gomina.

Mi abuela pasó por delante de nosotros y cruzó el comedor hasta llegar a la mesa. Había encendido un par de velas y tenía la mejor vajilla colocada sobre el mantén.

—No me dirás que no es el mejor regalo de cumpleaños que te han hecho nunca, ¿verdad, ma fille? —Thomas y mi abuela rieron casi a la vez; ella con ilusión, él con nerviosismo.

—¿Qué? —dije, pero ella me ignoró.

—Thomas, ¿quieres sentarte? —Sacó una de las sillas y se la tendió. Él acudió a la llamada como un perrito recién amaestrado—. Arielle, siéntate enfrente, s’il te plaît.

Pero en su lugar, me acerqué a ella y la cogí del brazo, alejándonos un metro de Thomas.

—¿Se puede saber qué es esto? —susurré, señalando al chico con una cabezada.

Mi abuela bufó.

—Esto, cariño, es el comienzo de la mejor historia de tu vida. Llevo un tiempo hablándolo con los Herriot y están encantados de que Thomas y tú…

—De que Thomas y yo, ¿qué?

Se oyó un carraspeo a nuestras espaldas. Edith se irguió y le devolvió una sonrisa a nuestro invitado.

—Ya me darás las gracias, Arielle —susurró, cogiéndome de la cintura para que me girara hacia la mesa—. Ahora siéntate.

***

Segundo paso para controlar de la telequinesia: concéntrate. Centra toda tu energía en el objeto, mirándolo todo el tiempo que puedas sin que tu mente se distraiga, o haciendo que tus ojos vean más allá de él.

Al final resultaba divertido cenar sin apartar la mirada de su corbata torcida y sus ojos grandes, y ver cómo las veces que se tocaba el pelo o se ajustaba los gemelos aumentaban por minuto. Pero él no dijo nada. Era muy cortés. No me extrañaba que mi abuela lo viera como el candidato ideal para su única nieta.

—A Arielle le encanta pintar. ¿Verdad que sí? —Ahogué una queja cuando su tacón chocó contra el mío—. Sus cuadros son preciosos.

—Oh, fantástico. —Thomas se volvió para mirarme, otra vez, con un deje de sorpresa que daba a entender que no acababa de creerse que realmente pudieran ser preciosos—. Y justo da la casualidad de que mi casa tiene las paredes muy amplias… Y muy vacías.

—Me da la sensación de que no será así por mucho tiempo —añadió mi abuela, con una suave carcajada.

«Oh, por favor».

Me puse de pie con un movimiento brusco, cortando la conversión con el sonido de la silla arrastrándose por el suelo.

—¿Me disculpáis un momento? —pregunté, sin importarme la respuesta—. Necesito ir al servicio. 

Salir del salón fue como si alguien me quitara una mordaza. Fui hasta la cocina, donde estaba el teléfono más cercano, y cerré la puerta a mis espaldas.

Los segundos que tardaron en descolgar el teléfono al otro lado se me hicieron eternos. No paraba de dar golpes impacientes en el suelo, demasiado consciente del tiempo que se me escapaba.

—¿Diga?

—¿Jem?

—Nathan —contestó él—. Tu chéri está en la ducha, poniéndose guapo para ti.

Solté un suspiro de resignación. De rabia, más bien, porque en aquel momento hubiera dado lo que fuera por no tener que decirle:

—Pues tendrás que decirle que ya no hace falta.

Nate notó el tono de derrota en mi voz. 

—¿Ha pasado algo, Ari?

—Mi abuela se ha encargado de regalarme un pretendiente por mis dieciocho.

—¿Un… pretendiente? ¿Lo de las bodas concertadas no es algo muy del siglo pasado? —Me mordí la lengua para no hablarle de Claire. Ojalá pudiera tomarme sus bromas como sólo eso, bromas, en lugar de ser consciente de que eran reales.

—No para ella. —Volví a suspirar—. Me he escapado de la cena porque… Dios, no lo soportaba. Llevan todo el rato hablando de negocios y de lo maravilloso que es él, y se dirigen a mí como si no fuera más que una buena inversión.

—Con lo mucho que vales, no me extraña.

A pesar de mi enfado, la dulzura de sus palabras no pudo evitar hacerme sonreír.

—Debería volver a la cena. ¿Se lo dirás a Jem?

—Claro. Y seguro que me dirá que le encantaría ir a salvarte y sacarte de allí.

—Ah, no, yo no soy la que tiene que salir de aquí. No soy ninguna damisela en apuros.

—¿Soy yo o eso suena a que vas a meterte en líos?

Reí, otra vez.

—Sólo voy a intentar que Thomas no tenga ganas de volver a verme.

—Conociéndote, es difícil.

—No me va a conocer.

—Me gusta esa actitud, Ari. —Casi podía sentir su sonrisa al otro lado del teléfono—. Bonne chance.

***

Tercer paso para el control de la telequinesia: investiga. Investiga aquello que quieres mover o cambiar como si fuera la primera vez que lo vieras. Fíjate en cómo es, en cómo te hace sentir, en cómo huele, en cómo sabría, en cómo es su tacto.

Si hubiera tenido que analizar la situación que vivía, hubiera dicho que sabía a pollo asado y que olía a colonia barata, esa que se cuela en tus fosas nasales hasta llegar a la garganta. El tacto de Thomas sería áspero, extraño, cargado. Era un intruso.

El odio se coló en mitad de la cena e hizo que la comida se me quedara atascara en la garganta. Me di unos suaves golpes en el pecho, tratando de disimular, pero Thomas me vio con el rabillo del ojo y se alzó hacia mí como un caballero.

—¿Estás bien? —Aparté el hombro con un movimiento brusco nada más notar su mano sobre él. Con una última tos, me limpié la boca en la servilleta.

—Perfectamente. —Di unos toques impacientes con el tenedor, esperando a que él volviera a sentarse. Mi abuela observó toda la escena desde su asiento, con una sonrisa torcida.

Por un instante, me pareció ver una chispa de miedo y advertencia en sus ojos. La misma que hizo la última vez que le mostré mis avances con la telequinesia.

Quizás ahora era un buen momento para enseñarle un poco más.

—Arielle es… una comedora voraz —dijo mi abuela, como si intentara disculparse—. Comerá todo lo que le pongas en el plato sin quejarse.

Igualita que una mascota, abuela.

—Es bueno saberlo —dijo Thomas, luciendo su mejor sonrisa.

Su nerviosismo se iba diluyendo conforme pasaban los minutos y su copa de vino se iba llenando, y ahora su expresión denotaba una seguridad excesiva. Me miraba sin ningún reparo, a pesar de que yo le rehuyera, y sus comentarios eran…

—Estoy seguro de que a mi madre le encantará conocerla. Se llevará muy bien con toda la familia.

—Oh, ¡sin dudarlo! —dijo mi abuela—. Los Herriot siempre habéis tenido buen corazón. Seguro que Arielle se sentirá como en casa.

—Perdona, Thomas… —intervine, despacio, como si estuviera acercándome a un animal rabioso—. Te llamabas Thomas, ¿verdad?

—Puedes llamarme Tom, si lo prefieres.

—Thomas está bien. —Imité su sonrisa forzada—. ¿Por qué se supone que voy a conocer a tu madre?

El joven parpadeó, pillado por sorpresa. Dirigió una mirada a mi abuela, buscando consuelo en sus ojos.

—¿No se lo ha dicho, madame?

El tacón de mi abuela me dio un golpe en la pierna, por debajo de la mesa.

—Pues claro que sí. —Carraspeó un par de veces antes de dirigirse hacia mí—. Arielle, mon coeur, monsieur Thomas ha decidido que ya ha llegado el momento de contraer matrimonio, y nuestra familia siempre se ha llevado muy bien con los Herriot. Vuestro enlace era un secreto a voces —añadió, riendo para intentar encubrir el peso de sus palabras.

—Que usted lleve dos meses jugando a las cartas con madame Herriot no significa que «siempre nos hayamos llevado bien con ellos». Y yo no los conocía, abuela. Creo que es un factor importante a tener en cuenta.

—Oh, Arielle, por favor. —Echó una rápida mirada a Thomas—, no es momento de discusiones tontas.

—¿Ha pensado siquiera en que quizás no quiera casarme?

—¡Arielle! —exclamó, apretando con fuerza la copa que sujetaba—. Mon Dieu, ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué no ibas a querer tú… ?

—Quizás no quiera quedarme toda la vida encerrada en casa, aprendiendo a hacer bordado y cortándole el pelo a monsieur Thomas. Quizás no quiera vivir toda mi vida acompañada de un desconocido.

—La idea es que dejara de ser un desconocido, ma fille. —Tensó la mandíbula—. No sabes lo que estás diciendo.

—Eres tú quien no sabe lo que está haciendo.

Mademoiselle, quizás… —intervino Thomas, sin apartar la mirada de mi abuela. Su voz fue como un resorte:

—Sé un caballero y déjanos discutir, anda. Llevas ya mucho tiempo de marioneta.

—¡Arielle!

La copa que Thomas tenía frente a su plato se hizo añicos, mezclando el grito de mi abuela con el sonido de las esquirlas al caer sobre el mantel. El joven dio un salto, como una pequeña ardilla asustada, y arrastró la silla hacia atrás para apartarse de la mesa.

Podría decir que no tenía ni idea de cómo se había roto aquella copa, pero mentiría. Podría haberme excusado pensando que había sido un brote más y hubiera sido una mentira a medias.

Thomas se palpó los muslos en busca de cristales. Sólo se giró hacia nosotras cuando se aseguró de que su pulcro traje estaba en perfecto estado.

—Lo siento. Le he debido dar un golpe o… No sé qué ha podido pasar…

—No se preocupe, monsieur; la vajilla estaba muy delicada. Me atrevería a decir que el culpable ha sido el grito de mi nieta. —Otra vez la risa de cordialidad.

—No diga tonterías, madame. —El rostro del joven se había colorado—. Siempre he sido algo despistado, pero le juro que nunca me había pasado nada como esto. ¿Me permiten ir al servicio un momento? El vino…

—Adelante.

Thomas intentó secar la mancha de vino con la servilleta un par de veces más antes de levantarse, con la punta de su camisa sujeta entre las dos manos, y salir de la habitación como un cervatillo asustado.

Mi abuela se puso de pie y apoyó las manos en la mesa en cuanto los pasos de Thomas se escucharon lejos.

—Arielle…

—Tranquila, abuela, ahora lo recogeré todo. —Le dediqué una sonrisa angelical, pero la expresión de disgusto de su cara permaneció—. Siempre y cuando Thomas se vuelve ya para casa. Se está haciendo tarde.

Cuarto paso de Chardin: conecta. Establece una conexión con aquello que pretendes mover e intenta visualizarla en tu mente. Puede ser un hilo muy fino o puede ser un viento muy fuerte. Pero tienes que sentir que una parte de él te pertenece y que una parte de ti le pertenece a él. Busca ese equilibrio. Busca el dominio. Nunca podrás moverlo si no sientes esa conexión, ese tirón, ese desgarro.

—Son sólo las…

—Se está haciendo muy tarde —contesté, justo cuando las esquirlas del suelo se elevaron tras mi espalda, formando un halo a mi alrededor. Se mantuvieron en el aire como si fueran flechas en tensión, a punto de ser disparadas.

Mi abuela se echó hacia atrás, sujetándose al asiento.

—¡Arielle! Ni se te ocurra…

—¿Que no se me ocurra qué? —Agité las esquirlas en el aire—. No estoy haciendo nada malo. ¿No quiere que Thomas y yo seamos felices para siempre? Porque, por lo que tenía entendido, una buena esposa no guarda secretos. Sería bastante cobarde ocultarle algo tan importante en mi vida.

—Arielle, por favor —suplicó mi abuela, con la mandíbula apretada. No había separado los ojos de los cristales, y dudaba si quiera que me hubiera escuchado—, deja de hacer eso. 

—Dígale a Thomas que se vaya.

Su mirada saltó a mis ojos.

—Arielle, no…

—Dígale —continué, haciendo una pausa entre palabra y palabra para coger aire—, que —Los cristales volvieron a tintinear a mis espaldas y avanzaron hacia delante, cortando el aire como espadas—, se vaya.

—¡Por el amor de Dios, para!

—¡Díselo!

Adelanté los cristales un poco más, con tanta fuerza que mis faldas también pegaron un tirón, movidas por una brisa invisible. Mi moño se deshizo y el pelo me cayó por la espalda.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó mi abuela, alargando las palmas de las manos hacia delante.

Las esquirlas se mecieron en el aire hasta caer sobre el suelo con cuidado, tintineando al chocar con la madera. Me aparté una gota de sudor de la frente mientras sostenía la mirada a mi abuela.

Entonces llegó Thomas, con el traje desabrochado, la camisa por fuera, y una escoba y un recogedor en sendas manos.

—He encontrado esto en el baño —dijo, con el aliento entrecortado. Cualquiera diría que era él el que acababa de prestar su energía.

Se acercó a mí y me tendió la escoba, como si para él se tratara de un objeto maldito. Comencé a barrer el suelo con la mirada clavada en mi abuela. Thomas volvió a sentarse en la mesa y le hincó el diente a un trozo de pollo, preso del hambre.

—Siento mucho las molestias, monsieur —dijo mi abuela, acomodándose en el asiento.

—Oh, no se preocupe. Ha sido mi culpa. ¡Si supiera la cantidad de platos que se han roto en mi casa! —Carraspeó—. Pero eso sí que no fue por mi culpa, madame. No soy tan torpe, pero el ama de llaves…

El ama de llaves. Lo que faltaba.

Thomas ni siquiera apartó los pies del suelo cuando barrí bajo su asiento.

—Tenemos copas de sobra, no se preocupe. —Menuda mentira—. ¿Más vino?

Levanté la cabeza por detrás de Thomas, fulminando con la mirada a mi abuela. Pero ella parecía fingir que no me veía y que mis palabras se habían evaporado en el aire. Carraspeé suavemente, pero ni Thomas se dio la vuelta ni mi abuela levantó la mirada.

Quinto y último paso de la telequinesia: manipula.

Una vez te hayas conectado a un objeto, serás capaz de moverlo de la misma forma con la que mueves los brazos. Estará a tus pies, a tus órdenes.

Hice un gesto con las manos, como si estuviera rodando una bola con ellas. En ese segundo, el par de cristales rotos más grandes saltaron del recogedor al techo, sin llegar a tocarlo. Se mantuvieron silenciosos en el aire, sobre la cabeza de un Thomas que se servía vino.

Casi pude ver cómo el color desaparecía del rostro de mi abuela.

Monsieur Thomas —titubeó, apretando los dientes—. Me empiezo a encontrar francamente mal del estómago. No sé si seré capaz de continuar haciéndole compañía esta noche.

Era evidente que mi abuela nunca había tenido que fingir nada más allá del estatus y la clase, porque sus palabras no pudieron sonar más falsas. Se esforzó por no mirar directamente los cristales para no llamar la atención de Thomas. Con cuidado, hice que se deslizaran hacia el suelo, a espaldas del joven.

—Queda usted totalmente disculpada. Me encantará pasar la velada con mademoiselle...

—No creo que eso sea posible, monsieur. Entenderá que no puedo permitir que mi nieta se quede a solas con un hombre soltero a estas horas de la noche. —Su sonrisa se relajó e inclinó ligeramente la cabeza—. No lo digo por usted, monsieur, no me malinterprete; pero sería una falta de decencia muy grande por mi parte.

—Lo entiendo —contestó él, con un hilo de voz. El nerviosismo y la incomodidad de los primeros minutos volvieron a aflorar, y Thomas se apartó la servilleta de los muslos, educado—. En ese caso, y con vuestro permiso, iré a por mi abrigo. Ha sido una velada preciosa.

Mentiras, mentiras, todo mentiras.

Se despidió de mí con una inclinación de cabeza antes de desaparecer por las puertas del salón. El rostro de mi abuela cambió en un segundo, convirtiéndose en una mueca de rabia y odio. Se puso en pie con los puños apretados y se acercó hasta que su barbilla quedó a diez centímetros de mis ojos. Alzó el dedo en un gesto amenazador.

—Hoy será la última noche que juegues conmigo, Arielle —murmuró.

***

Mi abuela hubiera considerado una completa «falta de decencia» que acabara aquel fin de semana en un apartamento desconocido para ella, en la compañía de dos hombres que no buscaban desposarme. Nathan escuchó mi relato con los ojos abiertos como platos y una sonrisa permanente; Jem estaba cruzado de brazos y fruncía el ceño, preocupado.

—No me lo puedo creer —dijo Nate, soltando una carcajada—. O sea que fue toda una cita a ciegas, ¿eh? ¿Cómo has dicho que te libraste de él?

—No fue una cita, Nate. Mi abuela estuvo ahí todo el tiempo. Pero casi lo prefiero.

—No quiero imaginar qué hubieras hecho con tal de asustarle de no haber estado tu abuela.

Sonreí, lanzándole a Jem una mirada cómplice.

—Tuve suerte de que mi abuela se encontrara mal, al final.

—Te veo capaz de envenenar la bebida.

—Idiota —le dije, dándole un codazo en la cadera. Jem seguía mirándonos en silencio, pero sus labios habían empezado a curvarse en una leve sonrisa.

Nathan echó un vistazo al reloj de su muñeca y se puso de pie de un salto.

Merde, un poco más y llego tarde. —Resopló—. He quedado con Eleanor a las seis. Jem, ¿me prestas tu coche?

—Adelante. Tienes municiones en la guantera, si lo necesitas —añadió, con una sonrisa burlona. Nathan soltó una carcajada.

—Gracias, tío. —Le dio una palmada en el hombro y se agachó para darme un rápido beso en la mejilla—. Au revoir, chicos. Portaos bien.

La puerta del apartamento se cerró a nuestras espaldas y Jem y yo nos quedamos en silencio, uno frente al otro. Él se inclinó hacia delante y se entrelazó las manos sobre las rodillas.

—¿Municiones? —pregunté, levantando una ceja. Algo en la expresión de mi cara le provocó una risa dulce, y se acercó un poco más a mí para darme un beso en la frente.

—Ay, Ari, cosas de mayores.

—¿Te crees que soy tonta? —Puse los ojos en blanco y le sonreí—. ¿Que una señorita como yo no sabe nada de esas cosas? Porque te sorprendería ver todo lo que sé, Jem.

Su sonrisa se quedó congelada y noté cómo el color de su cara cambiaba del blanco al rojo en un segundo.

—Eres una caja de sorpresas —dijo, seguido de un carraspeo. Apartó la mirada y se pasó una mano por el pelo, cohibido.

Su gesto y sus palabras despertaron en mí una curiosidad que había intentado contener mucho tiempo. Una llama, mejor dicho, porque el ardor que sentía y la forma en la que se me volcaba el corazón lo diferenciaban mucho de ser mera «curiosidad». Me frenaba por miedo al infierno. Por miedo a la reacción de mi abuela. Por miedo a la telequinesia, por miedo a las palabras de Chardin y a esas dichosas ondas cerebrales que se alteraban sin mi permiso. Y, sobre todo, por miedo a no ser más que una niña, por miedo a que él no me correspondiera, por miedo a que todo esto no fueran más que fantasías.

Aunque lo eran. Porque me preguntaba cómo sentiría su piel contra mi piel, su pecho dándole calor al mío. Me preguntaba cómo sería notar sus labios recorriendo mi cuello, mi clavícula, mis hombros; sus manos en mis caderas, en mis muslos, siguiendo el recorrido de las venas de mis brazos. Quería sentirle. Quería volver a besarle y no volverle a soltar. Le miraba y una parte de mí tenía que contenerse para no lanzarse a su cuello. Porque lo quería a él, lo quería todo de él, con una fuerza tan grande que sentía que acabaría conmigo.

Sin duda, mi abuela me mandaría directa al infierno si lo supiera. 

—Ahora, ¿vas a contarme qué narices hiciste anoche? —preguntó Jem, trayéndome de vuelta al presente. Pero seguía con las mejillas ruborizadas, aunque tratara de ocultarlo. Se humedeció los labios y sentí que me derretía—. Porque la historia de que tu abuela se pusiera mala es bastante pobre, teniendo en cuenta las ganas que tiene de verte casada. Ni una gripe la hubiera parado.

A Jem no podía mentirle.

No se sorprendió cuando le hablé de mi enfado o de mis pataletas de niña pequeña. No me miró mal cuando despotriqué sobre Thomas y sobre todos los Herriot, aun sin conocerles, sólo por haber aceptado algo tan arcaico como una boda concertada. O un intento de boda concertada, por lo menos. El rostro de Jem no se alteró cuando le conté cómo jugué con las esquirlas de cristal como si no fueran más que motas de polvo.

—¿Sabes lo que más me… impactó? —dije, entrecerrando los ojos—. La forma en la que, por una vez, fue mi abuela la que hizo lo que yo pedía, y no al revés. Y cómo el miedo sirvió para controlarla. Hasta ahora había visto aquel miedo como algo horrible, algo que me convertía en un monstruo… No como algo poderoso. Nunca le haría daño, lo sabes —aclaré, cogiéndole la mano—, pero es la primera vez que este poder me ayuda a volverme visible. Y eso me hace sentir tan…  poderosa. Nunca antes me había sentido así.

Jem asintió ligeramente la cabeza, en un gesto que no estuve segura de que fuera voluntario. Se mantuvo en silencio.

—¿Qué piensas? —pregunté, buscando sus ojos con los míos.

Él entrecerró los ojos. Ojalá sus pensamientos no fueran tan opacos. Mejor dicho, ojalá los míos pudieran serlo más; a veces tanta transparencia me asustaba.

—Suenas como el villano de una película justo en el momento en el que los espectadores nos damos cuenta de que él es el villano. —Reí, pero él no reía—. Miedo, control, poder… Tú no eres así, Ari.

Arrugué la nariz, pero no fui capaz de decirle nada. Sus palabras se sintieron como estocadas.

—Un villano es sólo una víctima con una historia que nadie ha querido escuchar. —Alcé ligeramente la comisura, pero la risa de antes se había desvanecido por completo—. Aquí no hay buenos y malos. Y yo no…

—No lo eres, lo sé. —Cubrió mi mano con la suya—. No quería decir eso.

Pero no pude evitar pensar que quizás sí que lo pensara. Él era la única persona que aún no me veía como un monstruo o como una rata de laboratorio; la única que veía a la Arielle más allá de la telequinesia. Con lo que acababa de contarle, le habría las puertas a creer que le manipulaba a él igual que había manipulado a mi abuela.

Aparté mi mano de la suya con cuidado, sintiéndome sucia.

—No volveré a hacerlo. —Tragué saliva—. Lo prometo.

—No tienes que prometerme…

—No, lo digo en serio. Antes tenías razón y… —Suspiré profundamente—. Por muy indignada que estuviera, no puedo jugar así con mi abuela. No es justo. No seré cómo ella, no le obligaré a hacer lo que no quiere.

Jem se acercó más a mí, me rodeó el cuello con un brazo y me dio un beso en la frente.

—Entonces, ¿cuándo me la presentas?

¿Qué os ha parecido? 😊 Recordad que podéis dejar vuestros comentarios en el apartado de abajo o contactando conmigo a través de las redes sociales.

Y si tenéis curiosidad por conocer toda la historia de Arielle, ella os espera con mucho cariño.

¡Muchas gracias por leerme! ❤️

Etiquetado , , ,

4 pensamientos en “Escena eliminada de Aunque llueva fuego: 18 inviernos y cristales rotos (¡sin spoilers!)

  1. Estoy llorando, poca broma 😭
    No sabía que los echaba tanto de menos hasta que no he leído esto y con la primera frase me he echado a llorar.
    Ver como Arielle toma las riendas y termina saliendose con la suya… AAAAH ME ENCANTA
    Y lo de Thomas… En fin… Lo de la escoba… UNA TORTA BIEN DADA LE HACIA FALTA
    Pienso imprimirlo y meterlo justo donde le corresponde en el libro para cuando lo releea, leerlo todo juntito ❤️
    Gracias por esto Bea 🙂

    1. El detalle de imprimirlo y ponerlo donde toca me ha parecido una cucada ❤️ Además te darás cuenta de que hay diálogos que se solapan jajajaja Jo, gracias por leerme, de verdad 🙂❤️

  2. Volver a leerte con esta historia me ha alegrado el día, Bea. Muchísimas gracias por compartirlo y felicidades por el aniversario de esta novela tan preciosa que tanto me ha marcado. Es increíble la magia que haces con las palabras :’)

    1. Gracias a ti por estar ahí y apoyarme tanto, Enara, de verdad 😊

Deja un comentario